Desalentadora la conclusión que deparó el Betis-Sporting de anoche para los intereses verdiblancos. El equipo de Juan Merino, también de Charly Musonda, no fue capaz de elevar sus prestaciones como local, ganar a un enemigo directo por la permanencia y subir ese peldaño que lo aleje la zona caliente de la tabla. No hay manera de que este Betis temple los ánimos de la soliviantada parroquia verdiblanca, que abandonó el Villamarín con el temor de atravesar otra primavera de sobresaltos en pos de la permanencia. Este Betis, el que trata de ahormar un equipo digno de su peso específico en el fútbol español, tiene el sufrimiento enraizado en su mismo ADN. Aunque ese modus vivendino va a apagar la llama que emana de su gente. Más bien al contrario. Cuantos más bastos pinten, más va a resonar ese bellísimo e intransferible manque pierda. Como ayer. Otra vez, la afición actuó a mil años luz de los once que defendían su escudo en la pradera.
En la segunda parte, cuando la impotencia bética se enseñoreó del pleito, la grada alentó con más fuerza si cabe a sus héroes. El Betis pudo voltear el marcador en los minutos 83 y 84, en sendas ocasiones de Rubén Castro y Musonda, por ese fuego que bajó desde el graderío, más que por un plan técnico y táctico metódico, firme y convincente.
Juan Merino apuesta decididamente por el 4-4-2. La única variante con respecto a Riazor fue Pezzella por Westermann, ese buen central alemán que tanto entra y sale de la enfermería.
El rival, en cambio, no fue ese Deportivo pujante, intenso y con la zaga lejos de su portero. El Betis tuvo enfrente a un Sporting que venía de jugar el miércoles ante el Barcelona en El Molinón y que además no contó de salida con el medio camerunés Ndi, el extremo zurdo Jony y el ariete Sanabria, tres de los puntales de su esqueleto. Un Sporting que se sintió dismunuido desde que viajó a Sevilla y tanto más desde el calentamiento, en que Jony, por unos problemas estomacales, se cayó del once.
Visto el planteamiento, el partido era la perfecta prueba del algodón: ¿comparecería al fin un Betis autoritario, firme y poderoso de campana a campana? El Betis se había sacudido esos terribles nervios con que había recibido dos semanas antes al Valencia, su punto en La Coruña fue realmente bueno por el juego en sí y por resultados ajenos y encima el rival asomaba arrugado. Pero no. Los argumentos futbolísticos no le llegaron para lograr una victoria de oro puro. De punto de inflexión, nada.
El gran problema de fondo de este Betis radica en la sala de máquinas, en la zona de gestación del juego. Poco fútbol brota del dúo N'Diaye-Petros cuando el enemigo se pertrecha con esas dos líneas juntas, con tensión y solidaridad. El día del Valencia irrumpió un imberbe desconocido con un fútbol mágico y descarado. Musonda emergió de la banda derecha y destrozó al rival por dentro. Ayer, como en Riazor, partió desde la izquierda y empezó con buen son: a los cinco minutos provocó una falta, la botó él mismo y Rubén Castro estrelló la pelota en el lateral de la red. Ya en el minuto 22, el belga conectó un tiro envenenado que buscaba el palo derecho, Cuéllar no blocó y a punto estuvo Van Wolfswinkel de adelantársele.
Musonda de nuevo se erigió en el futbolista distinto. Pero cargar todo el peso ofensivo en un chico de 19 años que jugaba su tercer partido como profesional era un exceso. Era el equipo el que debía dar el paso adelante, atornillar al Sporting y percutir, insistir para que Musonda desequilibrara en una conexión con Rubén o el holandés. Pero no al revés. El chico no está para tirar de todo un Betis.
Se consumió la primera parte en ese fútbol de amagar y no dar, de pases monocordes y que jamás rompen líneas. Sin trabazón entre la media y la delantera.
Merino sorprendió en su baile táctico: fuera Van Wolfswinkel, dentro Joaquín.... pero el portuense, de espaldas a la portería contraria, como un punta más. Experimento que olió a cuerno quemado. Y más cuando tras un córner desde la izquierda, Kadir pierde la pelota y facilita una contra letal. Halilovic lanza a Carlos Castro y éste, mucho más rápido con la pelota que Montoya y Petros sin ella, bate a Adán.
Corría el minuto 65. Y ese paso adelante, obligado, que mandó Merino a los suyos se cobró un gol en contra. Suerte para el linense que, cuando se disponía a dar otro giro de tuerca en ataque -Dani Ceballos por Petros-, Pezzella igualó . Fue a los dos minutos del 0-1. Quedaba algo menos de media hora para obrar la remontada. Tiempo para la heroica, con un plan más ortodoxo: Jorge Molina con Rubén arriba, Joaquín a la cal, Ceballos entre líneas. Pero del fútbol, apenas noticias. Fue un arreón por bemoles, por acumulación de piezas y por esa energía que emanaba de la grada. Hubo gol de Rubén (76'), mal anulado en una jugada muy difícil de apreciar. Y ese arreón bajo un plan más ortodoxo le pudo dar la victoria. Pero el crono, sentencioso, corría ya en su contra. No habrá pan sin sufrimiento.
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