Batato reposa con la parsimonia de cualquier bicho mitológicobajo un árbol que apenas da sombra. Desde luego, no la suficiente para cobijar su cuerpo de 800 kilos. Es un buey –o «toro capado», como le gusta precisar a su dueño, Manuel Salmerón– que ha sorprendido a la familia propietaria y a todo el pueblo por una tercera asta que lo asemeja más aún a las criaturas fantásticas de las que parece provenir.
Entre toro y unicornio, este buey de siete años tuvo desde que nació «como una verruga que no llegaba a ser cuerno», según explica el patriarca de la saga Salmerón, Fernando, que sentado bajo una techumbre emparrada recuerda que «el año pasado, al volver de El Rocío, se la partieron los otros, peleando». Así que lo sacaron del cerrado, donde la familia cría a otra docena de bueyes. «Y ahí le ha ido creciendo en los últimos meses», tercia su hijo Manuel, que se desenvuelve en el corral como uno más.
Algunos de los bueyes –más de dos metros a la cruz– superan la tonelada, pero todos se amansan cuando él se acerca. Le chupan los zapatos, o le dan suaves trompazos con sus bestiales cornamentas. Pero Manuel no se inmuta. «Yo me he criado aquí, y no tengo miedo, aunque te llevas muchos porrazos, eso sí; no tienen conocimiento», dice, mientras los llama por su nombre. El toro tricornio se llama Batato, «aunque solo decimos el final»: «¡Ato, ato!», grita. Y a otro, que se llama Alegrío: «¡Ío, Ío!».
Estos animales se cotizan ya solo para las romerías. Salmerón lleva con una yunta el simpecado de Los Palacios a El Rocío. «Y las que se van presentado», dice, mientras desata a Batato para que lo fotografíen. El animal recula y cabecea con la fuerza de un ciclón, pero él no pierde la paciencia. Y lo atrae hacia sí como si fuera un cachorro. «Aquí han estado unos cuantos veterinarios y no han visto una cosa así nunca», tercia Fernando. «Y uno nos dijo que le cortáramos el cuerno con unas tijeras, pero si al animal no le molesta, ¿para qué se lo vamos a cortar?», añade.«Tenían que llevárselo a un zoo para que los chiquillos lo vieran».
Fernando Salmerón –77 años– ha criado bueyes toda la vida. Su hijo combina la afición con los invernaderos de tomates y calabacines, «que es lo que da de comer». Y es ya uno de los pocos que mantiene la especie en Los Palacios, junto «a Narciso y a Tirado», otros vecinos que, como él, hacen cada tarde unos diez kilómetros con una yunta y una carreta, para entrenarlos.
Hoy se inaugura en el pueblo la XXII edición de la Feria Agroganadera. Batato, de momento, no figura en la lista de participantes.
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